martes, 21 de noviembre de 2017

El niño llora, relato

No entiendo por qué el niño llora tanto pero sus gritos corren despavoridos por la casa, tropiezan conmigo, se enredan en mi cabello y qué le sucede al niño.
La madre canta con una embarazada dulzura, cada noche ocurre lo mismo: preparo la cena intento evocar francés y entonces el estribillo del infante. No me molesta solo me pregunto por qué tanto llora. Y alguien dirá “Es un niño, los niños lloran así”, entonces debo preguntar “¿Cómo llora usted? ¿Acaso son diferenciables los llantos? ¿Llora usted como un niño? ¿No lloramos todos como niños?”
El canto tararea en el chiquillo y ocurre un silencio, quizá no llore de nuevo sino hasta la madrugada, pero entonces llorara por otra cosa y de nuevo en la madrugada: por qué el niño llora tanto.
Aun pienso en el niño, se ha hecho irremediable, si una noche no lo escucho llorar toda clase de paroxismos se desarrollan en mis nebulosas –que son tantas–, “por qué ya no llora” y entonces gritos gigantescos, pienso “ahora puede continuar la noche”.
Cinco de la tarde, el niño debe estar tomando su siesta. Espero y seguiré esperando, la fila aun no avanza y para qué quiero este chocolate de todos modos.
Risa estridente, asquerosa, mal oyente. Ahora suenan a coro. Risas que lo miran, no dejan de mirarlo, lo asedian hasta que ya es fatalismo. Él que extiende la mano, sus ojos imploran, ruegan, se desploman. Llora porque de qué otra manera podría salvarse. Tiene su mano aun extendida, pero nadie la toma, nadie la mira, todos ríen como vulgares. El rostro se arruga como una tela mojada y exprimida. Derrumba al suelo, no puede alcanzarlo, ya no ve sino torrentes correr de sus ojos. Sentado al suelo piensa, piensa y no logra comprender, las risas pueblan sus oídos, los desprecia a todos del único modo en que puede hacerlo: con mucha tristeza. Porque ellos alcanzan pero él no, porque ellos son gigantescos y él apenas llega a la altura de una mesita de luz.
La anciana dice “Yo le compro el chocolate, niño, pero de quien es usted”. Todos los demás en la fila continúan a risas, y ya no soporto otro minuto en esta escena de circo. Reírse de un niño. Qué mundo este.
El chocolate se quedo pero yo llegue y me preparo café, debe comenzar ya el niño con su tonada.
No lloro, no llora, no ha llorado. Comienzo a preocuparme. ¿Por qué no llora?

–Mi vida, ¿estás bien? ¿Tuviste ese sueño otra vez?
–Sí, pero por qué…
–Shhh, el niño ya no llora porque ya no duele.
–Había olvidado que se nos murió.
–Y de nadie es la culpa.
– ¿Alguna vez pensaste que tal vez lloraba tanto porque fuimos nosotros sus padres?

No le escucho, y ahora, ¿Qué serán de mis noches? ¿Qué se hará el canto de la madre?

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