domingo, 17 de septiembre de 2017

Por primera vez la casa se queda sin niñas

Bueño, mi vida...
El bus se llenó pronto, el camino fue pasivo, más las montañas fueron deslumbrantes.
Jamás había visto el páramo como hoy; repleto de frailejones, flores silvestres, vestidas de rosa y mora.
Las cordilleras no tenían final, parecían un abrazo entero, que abrigaba de colores el sentir.
Pasé el páramo sin sueter, porque en la maleta, debajo de muchas capas dormía el abrigo.
Silvana escuchaba melodía a mi lado.
Flores nacientes, el páramo era amarillo.
Vivía, resplandecía más allá de todo pudor nublado.
De veras, mi vida, jamás vi el páramo tan hermoso como este día.
En un punto mariposas blancas —¡tantas!— jugaban con pequeños frailejones, sí todas revolotean sobre ellos, coquetas niñas.
La primavera comienza en septiembre, octubre es de las flores, noviembre de los colores; ese el calendario de mí cordillera; definitivamente soy de las montañas.
Lamento haberme desviado...
Sin más, un bus llegó y partimos a Mérida, a maleta y risas —Silvana no paraba con sus ocurrencias—, mil historias, frases brotaban de mi ser, y entonces comprendía cómo es que era escritora.
Dormí unos instantes luego de contentarme por el saludo del follaje a cercanías de Mérida.
De llegada el sol era tierno, sólo abrazaba y aliviaba.
Estuvimos de pie al menos una hora, no iba ni venía bus para la residencia.
Finalmente tomamos uno y dimos las gracias a un caballero, bajamos de risa por todo el peso, dábamos dos pasos y debíamos parar, así de peso llevábamos.
La residencia era silencio y Silvana emoción y preludio, es su primera vez lejos, sólo conmigo.
Me vio arreglar cada maleta, y bailar con tonadas.
Mamá llamó juntó a Papá, la casa permanece sin las niñas decía Mamá en un tono adorador.
Preparé café y la cena, Silvana aprobó a muy buen ojo mi café, me observa con atención.
La complazco con una serie, pues nada de internet.
¿Puedes creer que volveré a pisar esta ciudad? Me emocionan los claveles de la facultad, por todas las florecitas me pregunto desde ya.
Durante el viaje una pareja no paraba de besos y mimos, Silvana reía y curiosa preguntaba si acaso esas serían mis atenciones para contigo, Sonreí y me delaté, a ti no te dejaría vivir sin mis besos.
Finalmente, Mucuruba, apenas a 40 minutos de Mérida, el trecho en el que llegas y aún quedan montañas, el momento en el que dices “Mérida espera”; tomé mi teléfono esperando llevarte regalos, traerte colores, y la toma allí, aunque luego olvidada y a mi estado traída.
Quiero que Silvana sienta bien, ahora se peina.
Me gusta mucho el queso derretido.
Te extraño sin medidas, es decir, con todas ellas, DEMASIADO.

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