¿Estará viva? Ni por asomo, para esos ojos que la acompañan ella no es más que una muerta. "Sí, bien muerta", sentencia para sí misma en lo que los ojos azulados han mirado al suelo.
Una mujer que se pasea, existente y tan muerta, contradicción interesantísima para cualquier joven con la cabeza lo suficientemente desajustada.
Continúa observando de camino a la cafetería. Sí, debe estar muerta, parecen no advertirla, ajenos totalmente a sus ondas alargadas.
Otra mujer muerta y suave entre vivos y recuerdos.
Pero... ¿por qué muerta? De igual forma ella camina y asiente y sonríe, se balancea entre ésas vidas cómo tantos otros y sin embargo yace muerta en ese mundo.
Y qué importancia puede tener un por qué y para qué otra mentira complaciente y, otra subjetiva respuesta para aliviar la existencia desconocida, para qué una búsqueda si jamás se busca en realidad, tanta pregunta y nada menos que una ilusión. Así que al rábano el por qué y ya se sabe mucho de los muertos, lo infame son los vivos. ¿Cómo pueden entrar en comunión? Y ya a la pregunta y volvamos a las letras.
De camino a la cafetería y esos vivos aún le vacían recuerdos y repulsiones y lágrimas reprimidas y "era un idiota", unos cuántos oficios otros tantos futuros, exceso de ayeres y un cordial "todo estará mejor".
No habrá una intervención, la fragmentación es irremediable, su mundo está lejos y el de ellos apesta pero el café es bueno y por eso observa y camina y los granos caen.
El mundo de ella no va más allá de un aleteo, un árbol, la melodía mañanera y, alguna conversación con un escarabajo o jabalí, un mundo inconcebible para el de quejas y relojes, ocupado.
Pisa ese mundo y entiende que debe irse pronto.
Los ojos azulados le dirigen "sí y por eso lo indicado es la apolítica", "pastel de chocolate, por favor", dicen los ojos café y ella asiente.
Los ojos café simpatizan con los azulados, le sonríen y en la claridad de esas pupilas ese mundo no parece totalmente obscuro.
Observa ella las vidas entrelazándose y a lo lejos en una mesa su mirada es atrapada por una escena.
Ve a una pareja, el hombre de ojos diminutos y negros y la mujer de labios vivos y cabello corto. Puede leer la conversación a lo lejos, entre gestos y miradas y sin embargo algo se le escapa, ese lenguaje que es exclusivo de los amantes, ese, indescifrable.
La mujer mueve los labios -encendidos- le reprocha y parafrasea decepciones y enojos, toma una forma violenta y todos son lanzas contra el hombre. El hombre de ojos diminutos recibe cada ataque entristecido y aún tan vivo, intentando conservar la expresión de esa mujer. La mujer suelta una lágrima sin nada y todo es silencio y no se pronuncia la despedida.
Y para qué el cultivo y luego el destierro y sin más un hasta luego. ¿Pensarán en los días buenos? ¿Se refugian en la tormenta? ¿Buscan consuelo en el orgullo? Se repetía ella todas las preguntas con el corazón menguado. El hombre de los ojos diminutos llorará unas noches su negrura y la mujer del cabello corto y los labios encendidos aún intentará justificarse a las noches tristes.
Ella observó con atención luego de esas ensoñaciones amargas y preguntas innecesarias, ya se estaban despidiendo aquellos que habían sido los bienamados. Se encontraban nuevas razones para derramar sangre al decirse adiós y tantas más para enterrar el nosotros. La separación sin más. Los ojos azulados y los café aún sonreían ¿cómo no notaron la tragedia? ¿quién comprende una tragedia?
Tomó su café despidiéndose cabizbaja de esos ojos, bajó a su árbol viendo que las orugas aún no habían despertado, quiso llorar por el hombre de los ojos diminutos y por ella misma. Unas pocas lágrimas se asomaron y su mundo entero la acompañaba con una lluvia clemente. El escarabajo se acercó "¿Fue azucarado el café? " y ella se derramó tiernamente con más lágrimas. Llegó el jabalí "¿Su cabello era corto, verdad? Pero cuéntame sobre las lanzas y los labios encendidos". Ella sonrió y la lluvia parecía cantar una nueva canción. A la mañana siguiente ella volvería a por su café, y otros tantos ojos y unas cuántas escenas y muchas más preguntas y luego una congoja u otra sonrisa. El hombre de los ojos diminutos bebía vino hasta el anochecer en ese mundo de relojes y ocupaciones. La mujer del cabello corto y los labios encendidos aún los movía justificándose hasta con un vaso de café que sólo pedía que lo bebiera de una vez.
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