viernes, 17 de junio de 2016

El día que conocí a Raga en un café.

Los observa reír y viajar en recuerdos y acaso se pregunta si la observan, si está viva para esos ojos café y los azulados, entiende mientras pasea con ellos que no será más que otra suave mujer con el pelo enmarañado. 

¿Estará viva? Ni por asomo, para esos ojos que la acompañan ella no es más que una muerta. "Sí, bien muerta", sentencia para sí misma en lo que los ojos azulados han mirado al suelo. 

Una mujer que se pasea, existente y tan muerta, contradicción interesantísima para cualquier joven con la cabeza lo suficientemente desajustada. 

Continúa observando de camino a la cafetería. Sí, debe estar muerta, parecen no advertirla, ajenos totalmente a sus ondas alargadas. 

Otra mujer muerta y suave entre vivos y recuerdos. 

Pero... ¿por qué muerta? De igual forma ella camina y asiente y sonríe, se balancea entre ésas vidas cómo tantos otros y sin embargo yace muerta en ese mundo. 

Y qué importancia puede tener un por qué y para qué otra mentira complaciente y, otra subjetiva respuesta para aliviar la existencia desconocida, para qué una búsqueda si jamás se busca en realidad, tanta pregunta y nada menos que una ilusión. Así que al rábano el por qué y ya se sabe mucho de los muertos, lo infame son los vivos. ¿Cómo pueden entrar en comunión? Y ya a la pregunta y volvamos a las letras. 

De camino a la cafetería y esos vivos aún le vacían recuerdos y repulsiones y lágrimas reprimidas y "era un idiota", unos cuántos oficios otros tantos futuros, exceso de ayeres y un cordial "todo estará mejor". 

No habrá una intervención, la fragmentación es irremediable, su mundo está lejos y el de ellos apesta pero el café es bueno y por eso observa y camina y los granos caen. 

El mundo de ella no va más allá de un aleteo, un árbol, la melodía mañanera y, alguna conversación con un escarabajo o jabalí, un mundo inconcebible para el de quejas y relojes, ocupado. 

Pisa ese mundo y entiende que debe irse pronto.

 Los ojos azulados le dirigen "sí y por eso lo indicado es la apolítica", "pastel de chocolate, por favor", dicen los ojos café y ella asiente. 

Los ojos café simpatizan con los azulados, le sonríen y en la claridad de esas pupilas ese mundo no parece totalmente obscuro. 

Observa ella las vidas entrelazándose y a lo lejos en una mesa su mirada es atrapada por una escena. 

Ve a una pareja, el hombre de ojos diminutos y negros y la mujer de labios vivos y cabello corto. Puede leer la conversación a lo lejos, entre gestos y miradas y sin embargo algo se le escapa, ese lenguaje que es exclusivo de los amantes, ese, indescifrable. 

La mujer mueve los labios -encendidos- le reprocha y parafrasea decepciones y enojos, toma una forma violenta y todos son lanzas contra el hombre. El hombre de ojos diminutos recibe cada ataque entristecido y aún tan vivo, intentando conservar la expresión de esa mujer. La mujer suelta una lágrima sin nada y todo es silencio y no se pronuncia la despedida. 

Y para qué el cultivo y luego el destierro y sin más un hasta luego. ¿Pensarán en los días buenos? ¿Se refugian en la tormenta? ¿Buscan consuelo en el orgullo? Se repetía ella todas las preguntas con el corazón menguado. El hombre de los ojos diminutos llorará unas noches su negrura y la mujer del cabello corto y los labios encendidos aún intentará justificarse a las noches tristes. 

Ella observó con atención luego de esas ensoñaciones amargas y preguntas innecesarias, ya se estaban despidiendo aquellos que habían sido los bienamados. Se encontraban nuevas razones para derramar sangre al decirse adiós y tantas más para enterrar el nosotros. La separación sin más. Los ojos azulados y los café aún sonreían ¿cómo no notaron la tragedia? ¿quién comprende una tragedia? 

Tomó su café despidiéndose cabizbaja de esos ojos, bajó a su árbol viendo que las orugas aún no habían despertado, quiso llorar por el hombre de los ojos diminutos y por ella misma. Unas pocas lágrimas se asomaron y su mundo entero la acompañaba con una lluvia clemente. El escarabajo se acercó "¿Fue azucarado el café? " y ella se derramó tiernamente con más lágrimas. Llegó el jabalí "¿Su cabello era corto, verdad? Pero cuéntame sobre las lanzas y los labios encendidos". Ella sonrió y la lluvia parecía cantar una nueva canción. A la mañana siguiente ella volvería a por su café, y otros tantos ojos y unas cuántas escenas y muchas más preguntas y luego una congoja u otra sonrisa. El hombre de los ojos diminutos bebía vino hasta el anochecer en ese mundo de relojes y ocupaciones. La mujer del cabello corto y los labios encendidos aún los movía justificándose hasta con un vaso de café que sólo pedía que lo bebiera de una vez.

Cuento: Una breve muerte de Abril a Mayo

Era otra mañana de Mayo, viva en colores, arropando a unos cuantos desdichados seres, la misma costumbre de Mayo el desgarre a los corazones empedernidos y sentidos. Los desdichados de este Mayo: el ingenuo Tensin, la triste Dalila y la Mujer. Tensin se sujetaba fuertemente de las caderas de la Mujer, fundiéndose vivazmente en esa piel de mil pieles, mezclando sus olores y sabores, la Mujer exótica, perfumada con miles de esencias, llena de sabores de más de cinco mundos, era realmente un manjar, una fiesta viva. Tensin se vertía y se llenaba hasta que la pequeña Dalila tocó la puerta con su habitual tristeza. La Mujer se deslizo de la cama dirigiéndose al baño entre risas y cansancio. Tensin no comprendió las risas pero no divago en ellas pues se deleitaba observando la figura robusta de la Mujer. Se vistió rápidamente para atender a Dalila, la encontró como de costumbre: vestido floreado hasta las rodillas, una coleta sutil y esos entrañables ojos castañuela, tristemente profundos. La Mujer mientras tanto se duchaba con ánimo de limpiarse apropiadamente cada pasaje, Tensin y sus besos de miel y su costumbre de dejarla llena de saliva, rápidamente pasaba el jabón –asqueada-, los restos de Tensin se iban por el drenaje y cuan renovada la Mujer nacía. Dalila miraba a Tensin intentando desenmarañar sus pensamientos pero Tensin se hilaba lejano pensando en la Mujer, montando a la Mujer en un arroyo de jabón amado. La Mujer salió remozada del baño todo su cuerpo lo dilataba, así mismo las gotas de su cabello que caían alegrando al piso. Dalila la miro fascinada, entendía perfectamente por qué Tensin se notaba tan contento con ella. El cabello feliz y ardiente, la mirada penetrante y la sonrisa deliciosa, además de ese cuerpo esculpido y lleno, frondoso y habitado. Admiraba Dalila a la Mujer y caía de igual forma en una irremediable tristeza, Tensin resplandecía, verla era siempre renacer. El día se desvaneció rápidamente entre juegos de mesa y miradas cándidas, la tarde se mostro clemente. Tensin jugueteaba sin parar con la Mujer, Dalila practicaba con su violín y se fermentaba de las risas de la Mujer. La noche cayo sin más, el cielo era contenido y arrugado. Tensin marcho con la Mujer, irían a la inauguración del Bar Rouge, Dalila los despidió con una débil mirada y los labios reprimidos, se encerró en su cuarto para que así la tristeza no se le escapara. Los hombros se le hicieron pesados y la delicadeza de su cuerpo parecía desvanecerse, su corazón tiritaba y los pies se estremecían con el piso helado a sus pasos. Se paseaba de un lado a otro como buscando, como escapando, como recayendo; alguna respuesta, algún alivio, algún desgarre. Paredes llenas de coágulos y de enajenados pesares. Esperaba sin ánimo y aun así tan viva en dolor. Tensin pronto debía aparecer y besarle las sienes y destrozarle la tristeza pero Tensin bailaba sujetando el cuerpo de la Mujer entre el sudor. Un beso en su frente, un beso en su inocencia, un beso en su tristeza, un beso era todo y sin embargo la nada. Ellos no debían tardar, tocarían la puerta en cualquier momento y así la tristeza emergería a alguna estrella. ¿Dónde estaban las risas? No llegaron, y las risas bailaban lejos de ella, entre el camino que los hacía amantes a Tensin y a la Mujer, las risas entre las miradas halladas de Tensin y la Mujer, solo Tensin y la Mujer. Entro la madrugada y aparecieron, desde su lúgubre cuarto pintado en verde Dalila escuchaba sus pasos y advertía de tal modo la presencia e Tensin y la Mujer en la cocina y luego en el cuarto de Tensin. Escucho risas y dos gruesas lágrimas quemaron sus mejillas. Tensin arrancaba el vestido de la Mujer, la Mujer reía a carcajadas, luego suspiros y besos y quejidos y gemidos estridentes. A la mañana siguiente el desayuno transcurrió con pesadez. La Mujer que durante la noche parecía ser estrujada hasta el cielo entonces aparecía amarga y triste, Tensin tan vivo durante la noche ahora surgía pesado y ausente y la triste Dalila se mostraba aun adolorida observando a esos dos seres. Lagrimas corrieron en silencio por las mejillas de la Mujer, luego un llanto imparable que solo la casa contuvo del resto del mundo, Tensin observo descorazonado y con cierto desprecio, ¿de quién eran esas lagrimas? Se preguntaba asqueado, la miraba sin alcanzar a abrazarla, repugnando la tristeza que jamás seria de él, Dalila desolada y ajena observaba, perdiéndose en la sombra con la sangre derramándose de su piel pálida, ni Tensin ni la Mujer advirtieron que Dalila desfallecía, había tomado un cuchillo y suavemente sus venas había traspasado, sangre bailando al compas de Mayo, Mayo y su tradición de las desdicha a los desdichados, de la muerte a los amados.